Hijo del hombre del mar
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Hijo del hombre del mar
Capítulo I

El acta

En septiembre de 1910, en la oficina del Juzgado de Paz de Garzón, un hombre que no sabía escribir le dictó el nacimiento de su hijo a un funcionario que completó los blancos con tinta negra sobre un formulario impreso. El hombre se llamaba Peregrino Páez. Tenía treinta y un años, era oriental, casado, propietario, vecino de la 7.ª Sección del Departamento de Rocha. Dijo que siete días antes, el 30 de agosto, a las nueve de la noche, en su propia casa, había nacido una criatura de sexo masculino. Le habían puesto Primitivo Rosauro.

Acta de nacimiento N.º 37 · Primitivo Rosauro Páez Gutiérrez
Garzón · 6 de septiembre de 1910Tocar para ampliar y leer la transcripción

El Juez de Paz era Ulpiano Machado. Lo acompañaban como testigos Celedonio Moreira, propietario viudo de cincuenta y un años, y Liberato S. Pereyra, procurador domiciliado en la ciudad de Rocha. Había un tercer hombre: Luis E. Amorín, comerciante de veinticuatro años. Amorín estaba ahí porque Peregrino Páez no sabía firmar.

La línea«En este estado manifiesta Don Peregrino Páez no saber escribir y firma por él Don Luis E. Amorín.»

Manifiesta Don Peregrino Páez no saber escribir y firma por él Don

Luis E. Amorín, oriental, casado, de veinte y cuatro años de edad, de profesión comerciante, domiciliado en esta Sección.

Acta de nacimiento N.º 37 · Garzón · 6 de septiembre de 1910 · Oficial: Ulpiano Machado

Cuatro hombres en una oficina del interior uruguayo. Un propietario que no sabe escribir su nombre. Un comerciante joven que firma en su lugar. Un procurador que viene desde la ciudad. Un juez de paz que llena el formulario. El acta llevó el número 37.

El formulario pedía los cuatro abuelos. Ángel Páez, de setenta años, propietario, viudo, domiciliado en la Sección. Macsimina Primitiva García, fallecida. Víctor Gutiérrez, de setenta años, propietario, domiciliado en Maldonado. Ángela Mora, de cincuenta años, domiciliada en Maldonado. La madre del niño: Domitila Gutiérrez, de veintitrés años, dedicada a las tareas del hogar. En una sola foja, tres generaciones quedaron atrapadas. Ese papel estuvo en un archivo del Registro Civil durante más de un siglo. Ningún miembro vivo de la familia lo tenía.

Primitivo Rosauro. Dos nombres. Dos muertos.

La abuela paterna del niño se llamaba Macsimina Fausta Primitiva García Nieves. Nació el 27 de noviembre de 1858 en San Carlos. Casó con Ángel Leopoldo Páez. Murió el 19 de noviembre de 1906 en Garzón, a consecuencia de un neoplasma de hígado. Acta de defunción N.º 7. Su nombre de uso era Primitiva. Cuatro años después de su muerte, Peregrino le puso al hijo recién nacido el nombre de su madre muerta.

Primitivo: la forma masculina de Primitiva. El nombre viajó de la difunta al recién nacido.

No fue un homenaje retórico. Fue lo que hacen las familias que no escriben. Ponen nombres. El segundo nombre tiene otra lógica. Primitivo Rosauro nació el 30 de agosto, día de Santa Rosa de Lima. No le pusieron Rosa porque era varón. Le pusieron Rosauro: del latín rosa y aurum, rosa de oro. El calendario litúrgico decidió la segunda mitad del nombre. La memoria familiar decidió la primera.

En 1910, Peregrino Páez figuró como propietario. En 1947, en el acta de matrimonio de su hija Lorenza Pabla, figuró como jornalero. La familia ya no vivía en el campo. Vivía en la ciudad de Rocha. Entre ambos documentos hay treinta y siete años y una caída cifrada en dos palabras de un formulario.

Primitivo Rosauro Páez Gutiérrez creció, se trasladó a San Carlos, trabajó el hierro en la fragua. Fue herrero. Después trabajó en la Inmobiliaria Gattás de Punta del Este. Habló poco. Su nieto Federico, que creció cerca de él, recuerda pocas enseñanzas y mucho silencio. Un silencio que durante décadas cubrió también su historia: nadie en la familia sabía exactamente dónde había nacido, quiénes eran sus antepasados, de dónde venía el apellido. Hasta que el nieto decidió buscar. Lo que encontró fue la historia de dos fundaciones separadas por cuatrocientos años y un océano: un antepasado que fundó una isla en las Azores en el siglo XV y otro que fundó la primera villa del interior de Uruguay en 1763. La misma sangre en las dos puntas del Atlántico. Diecinueve generaciones documentadas. Seiscientos cuarenta años de línea. De un espía que preparó la conquista de Ceuta a un herrero que trabajó el hierro en silencio en el pueblo que su propio antepasado había fundado.

Capítulo II

El espía y el abad

Hay que retroceder seiscientos cuarenta años para llegar al punto donde empieza esta historia. Y el punto donde empieza no es una isla, ni un pueblo, ni un campo. Es una corte y un monasterio.

En 1347 nació en Frielas, cerca de Lisboa, un hombre llamado Afonso Furtado. El rey D. João I lo nombró Anadel-Mor dos Besteiros —comandante supremo de los ballesteros del reino— y después Capitão-Mor do Mar, comandante de la flota. En 1386, Portugal e Inglaterra firmaron el Tratado de Windsor —la alianza más antigua del mundo todavía en vigor—. Dos años después, entre noviembre de 1388 y junio de 1389, el rey mandó a Afonso Furtado a la corte inglesa como emisario de la corona dentro de esa alianza recién sellada. Y antes de la conquista de Ceuta en 1415 —el primer acto de la expansión europea que en dos siglos iba a desfigurar el mapa de cuatro continentes—, lo mandó en una embajada que era, en verdad, una pantalla: el pretexto era tratar el casamiento del Infante con la reina Blanca; la misión real era otra. Al servicio de esa cobertura viajaba el Infante D. Pedro, pero la verdadera orden era otra. Al hacer escala en Ceuta con la excusa de tomar aguada, Afonso Furtado y el Prior del Crato examinaron las murallas, los accesos, las defensas de la ciudad, y al volver entregaron al rey un informe secreto que fue la base de la conquista. El primer movimiento de la expansión marítima portuguesa fue un acto de espionaje. El antepasado diecinueve generaciones atrás estaba ahí.

Por la otra rama —la de los Ornelas— el antepasado más antiguo es D. João de Ornelas, nacido en 1336, muerto en 1414. Fue abad del Mosteiro de Santa Maria de Alcobaça. No era un monasterio cualquiera. Era el centro cisterciense más importante de la Península Ibérica, acaso de toda la cristiandad al sur de Claraval. Fundado en 1153 por donación de Alfonso I a Bernardo de Claraval. Panteón real: ahí están los túmulos de Pedro I e Inés de Castro, considerados obras maestras de la escultura tumular europea, los dos amantes acostados pie contra pie para que al despertar en el día del Juicio Final lo primero que vean sea el rostro del otro. Sede de la primera escuela pública de Occidente, transferida a Coimbra en 1290 para fundar la Universidad. El monasterio tenía puertos propios en Alfeizerão y Pederneira. Tenía minas de hierro y forjas. Tenía salinas. Emitía cartas de poblamiento. D. João de Ornelas gobernó esa institución durante décadas. Su hermano Pedro Anes de Ornelas peleó en Aljubarrota en 1385 —la batalla que aseguró la independencia de Portugal frente a Castilla—, integrado en las huestes que el propio abad mandó al campo.

De Pedro Anes descendió Lopo Esteves de Ornelas, y de Lopo descendió Álvaro de Ornelas, llamado O Grande. Álvaro fue cavaleiro da Casa Real de D. João I y se fue a vivir a Madeira con el Infante Dom Henrique el Navegante. Desde el puerto de Funchal — que en ese primer cuarto de siglo aún olía a bosque quemado, a la madera que le había dado nombre a la isla— armó una caravela y una fusta con su primo João de Ornelas, navegaron hasta las Canarias, atacaron la isla de la Palma y tomaron veinte cautivos. João cubrió la retaguardia dejando quince muertos en un valle. Después Álvaro siguió al sur, hacia la costa africana. No volvió. En algún punto de esa costa —Alcuzet, dice el cronista Diogo Gomes de Sintra—, donde el calor del mediodía doblaba el aire sobre la arena y las caravelas fondeaban fuera del alcance de las flechas, Álvaro de Ornelas cayó herido de frechas hervadas, flechas envenenadas. Murió lejos de Barcelos donde había nacido, lejos de la Madeira donde había vivido, en un trozo de costa que ningún mapa europeo sabía nombrar todavía. Su hija Catarina casó con Pedro Álvares da Câmara, sobrino de João Gonçalves Zarco, el descubridor de Madeira. De ahí la familia se llamó Ornelas da Câmara. De Funchal pasaron a las Azores.

Un siglo después, Frei Diogo das Chagas escribió sobre los descendientes de Álvaro en Graciosa una frase que resume doscientos años de desgaste: «todos são pobres, e se pobreza he vileza, bem se deixa conhecer na descendencia deste nobre fidalgo.» Todos son pobres, y si la pobreza es vileza, bien se deja ver en la descendencia de este noble hidalgo. La propia nieta de Álvaro, Guiomar de Freitas, fue descrita por el genealogista del siglo XVIII con una nota que duele: «obrigada da pobreza se cazou com um tecelão a quem chamavão Gaspar Afonço.» Obligada por la pobreza, casó con un tejedor. Inês de Ornelas, otra nieta de Álvaro, hizo testamento en Graciosa el 25 de julio de 1525, sin hijos, instituyendo capilla de Nossa Senhora da Conceição. Su testamento está publicado. Quinientos años después, la madre del compilador lleva el mismo nombre: Inés Páez Sosa. La nieta de un cavaleiro de la Casa Real, la nieta de un explorador que había muerto en África, reducida a casarse por necesidad con un artesano en una isla de sesenta kilómetros cuadrados. La tensión entre linaje y pobreza es el nervio central de toda esta historia: del abad al herrero, de la nobleza al jornal, del escudo de armas al hombre que no sabe firmar. Una familia que empezó en un monasterio y terminó en una fragua. La curva es descendente durante seiscientos cuarenta años. Pero la línea no se rompió.

El nombre no cayó del cielo. Inés Reyes, esposa de Benjamín Sosa Machado, murió antes de noviembre de 1945: el acta de matrimonio de su hija Blanca la registra ya fallecida. Blanca, poco después, le puso Inés a su propia hija. Es lo que se hace: se entierra a una mujer y se le devuelve el nombre a una recién nacida. Eso está documentado y no tiene misterio. El misterio es el otro. Cuatrocientos veinte años antes de que Blanca eligiera ese nombre, otra Inês —Inês de Ornelas, nieta de Álvaro, sin hijos— firmaba su testamento en Graciosa, el 25 de julio de 1525. Nadie en esta familia sabía que había existido. Nadie podía saberlo. Y sin embargo el nombre llegó igual, cruzando cinco siglos y un océano, por el mismo camino por el que se había salvado el apellido: por las mujeres. Dos veces el apellido Páez sobrevivió porque lo cargó una madre. El nombre Inés hizo el mismo viaje. Esta es una línea de padre a hijo, pero lo que la mantuvo viva —el apellido, el nombre— pasó siempre por manos de mujeres.

De Afonso Furtado nació un hijo: Afonso Furtado de Mendonça, hacia 1412. Consejero del rey D. Afonso V. Fidalgo con escudo de armas registrado en el Livro do Armeiro-Mor, el libro oficial de heráldica del reino, con la inscripción «mendonça chefe». Sus hijos legítimos ocuparon los puestos más altos de Portugal. Nuno Furtado de Mendonça fue aposentador-mor del rey. La hija de Nuno —Ana de Mendonça— fue amante del Rey D. João II. De esa relación nació D. Jorge de Lancastre, hijo bastardo del rey, Duque de Coimbra, Gran

Maestre de las Órdenes de Santiago y de Avis. El sobrino del antepasado fue un príncipe de Portugal.

Pero Afonso también tuvo hijos fuera del matrimonio. Una hija casó con Bartolomeu Perestrelo, el descubridor de Porto Santo. De la cuarta esposa de Perestrelo —Isabel Moniz— nació Filipa Moniz Perestrelo, la mujer de Cristóbal Colón. La tía de la línea casó con el suegro de Colón. Y otra hija de Perestrelo y Beatriz, Izeu, casó con Pedro Correia da Cunha, que en 1485 fue confirmado como primer Donatario-Capitán unificado de la Ilha da Graciosa —la isla donde la familia iba a vivir por generaciones—. La mujer de Colón y la gobernadora de Graciosa eran hermanas de padre. Cuando Izeu Perestrelo murió, fue sepultada en la Capilla de Piedad del Convento del Carmo en Lisboa, junto a su hermana Filipa Moniz y junto al propio Pedro Correia. Los tres juntos en la misma capilla. Colón rezaba a la misma Virgen que la gobernadora de la isla donde sus primos políticos iban a vivir durante doscientos años.

Y un hijo bastardo de Afonso —Fernão Furtado de Mendonça, nacido hacia 1438 en Porto Santo— se fue a poblar una isla de sesenta kilómetros cuadrados en el centro del Atlántico. La rama legítima gobernó Portugal. La rama bastarda pobló Graciosa. El mismo padre. Destinos opuestos. Su hermano Mundos Furtado de Mendonça recibió del rey D. Manuel dos islotes en Graciosa para crianza de cabras en 1519, y tenía brasão de armas propio.

Doscientos años después, un primo de esa misma línea gobernaría el imperio. André Furtado de Mendonça, nacido en 1558, de la rama legítima, fue Gobernador del Estado da Índia portuguesa. Lo llamaban el Grão-Capitão. A los dieciséis años acompañó al rey D. Sebastião a África. A los dieciocho se embarcó a la India. A los veinticinco comandaba a otros capitanes. Conquistó Colombo en Ceilán. Combatió en Malacca contra los holandeses. El historiador británico Charles Boxer le dedicó un libro entero en 1955. El primo de la rama legítima gobernó un imperio. El antepasado de la rama bastarda pobló una isla de sesenta kilómetros cuadrados. Los dos llevaban el mismo apellido. Los dos sirvieron en la India. Uno volvió con el tí tulo de Gobernador. El otro volvió con el título de fidalgo, a los ochenta y un años.

Fernão casó primero con Catarina de Guevara, una vasca, y después con Guiomar Afonso de Resende. De ese segundo matrimonio nació André Furtado de Mendonça, en 1500, en Graciosa. André vivió hasta los ochenta y siete años. A los ochenta y uno se intitulaba fidalgo con servicio militar reconocido en la India portuguesa. Casó con Sodorneza de Ornellas, nieta de Álvaro de Ornelas da Câmara y de Maria Vaz Sodré, la hija del fundador de la isla. Ahí se juntaron las dos ramas: los Furtado que venían del continente y los Ornelas que venían de Madeira casados con la hija del fundador.

Vasco Gil Sodré, ese fundador, era fidalgo de Montemor-o-Velho. Su segunda esposa, Beatriz Gonçalves de Bectaforte, venía —según Gaspar Frutuoso— del castillo de Bectaforte en Inglaterra. Beaufort. La misma familia que produjo a los Beaufort de la Guerra de las Rosas. Frutuoso escribió que de los hijos de Vasco Gil Sodré se pobló la isla entera: doscientos de doscientos cincuenta hogares descendían de una sola familia. «Pela qual rezão dizem que todos os da Graciosa são fidalgos.» Por cuya razón dicen que todos los de la Graciosa son fidalgos.

De André y Sodorneza nació Fernão Furtado de Ornellas de Mendonça, que casó con Maria Gonçalves. De ellos nació António de Ornelas da Câmara en 1595. Se llama Ornelas da Câmara, pero su padre se llama Furtado de Mendonça. Hermanos con apellidos distintos. Misma familia. De António nació Manuel de Ornelas de Mendonça, en 1642, que casó con Catarina Novaes de Eiró en la parroquia de Luz.

Cuatro naciones convergieron en sesenta kilómetros cuadrados de roca volcánica. Portugal, por los Furtado. Inglaterra, por los Sodré de Beaufort. Francia, por los Bettencourt —Reinaldo de Bettencourt, noble normando, y su descendiente Jean de Béthencourt, que conquistó las Islas Canarias en 1402 con título de Rey otorgado por Enrique III de Castilla; de Canarias pasaron a Madeira y de Madeira a las Azores—. Y Génova, por los Espínola: Marsetião Espínola Doria, genovés, pasó de Génova a Madeira a Graciosa, y su pariente Antoni Spínola Dória rentó la producción de azúcar de Graciosa por 1.300.000 reais en 1494 —el mismo año en que el Tratado de Tordesillas dividió el mundo en dos mitades—. Los Espínola eran banqueros genoveses cuyas redes financieras sostenían la expansión atlántica; la misma trama que hacía posible las expediciones de Colón. El manuscrito de las Genealogias da Graciosa, escrito hacia 1700, anota junto a la familia Espínola y la familia Ornela: origen genovés.

Se casaron entre sí durante doscientos años. Y después cruzaron el océano.

Capítulo III

La isla

La Ilha da Graciosa se llamó así porque era hermosa. Sesenta y un kilómetros cuadrados de tierra volcánica suspendidos en el Atlántico Norte, a mil quinientos kilómetros de Lisboa y a dos mil de cualquier otra cosa. Una isla tan pequeña que desde cualquier punto se oía el mar. El viento del Atlántico no paraba nunca: entraba por el norte cargado de sal, barría los campos de trigo, sacudía los techos de paja, y salía por el sur arrastrando consigo el olor del azufre que subía de la caldera. En invierno la neblina cubría la isla al amanecer y no se levantaba hasta media mañana, y los vecinos caminaban entre los caminhos sin ver más allá de diez pasos, guiados por el sonido del mar en los acantilados y por el ladrido de los perros que conocían cada piedra.

Porque al sur estaba la caldera. Un cráter volcánico que se hundía en la roca como una herida mal cerrada, con una caverna de estalactitas en las paredes y un lago de azufre en el fondo que cambiaba de color según la hora y la temperatura. En los días de calma, el vapor subía lento desde el lago y se enredaba en la neblina que cubría la isla al amanecer, y el aire olía a piedra quemada, a mineral, a algo que venía de abajo de la tierra y que recordaba a los vecinos que vivían sobre un volcán dormido. Al norte, en cambio, la tierra era fértil con una generosidad que ninguna otra isla del archipiélago igualaba: el trigo crecía con rendimientos extraordinarios año tras año, y la cebada —casi excepcional dentro de las Azores— daba cosechas que permitían exportar el excedente a Terceira.

Las Açores · Graciosa, donde Inês de Ornelas testó en 1525

La economía era simple: trigo, cebada, vino, aguardiente. La tintura azul extraída del pastel —una planta que los tintoreros de Flandes y de Inglaterra compraban a precio alto, un azul tan intenso que competía con el índigo— fue durante décadas uno de los pocos productos que salían de la isla hacia el continente. El comercio estaba limitado a la isla de Terceira, que era el puerto central del archipiélago, la sede administrativa y judicial. Para llegar a Terceira había que cruzar el mar en barcos chicos. Para llegar a Lisboa había que cruzar mil quinientos kilómetros de océano. El aislamiento era la condición de la vida.

Pero esas mismas aguas que aislaban atraían a los corsarios. Durante los siglos XVI y XVII, piratas atacaron Graciosa repetidamente. Saquearon casas, destruyeron edificios, capturaron vecinos para venderlos como esclavos en el norte de África o en las costas de Berberia. Una isla de quinientas personas sin fortaleza era un blanco fácil para cualquier barco armado que apareciera en el horizonte. Los vecinos veían llegar las velas desde los acantilados y no tenían adonde escapar. Sesenta y un kilómetros cuadrados rodeados de agua por todos lados. Pero se quedaron.

La isla tenía esclavos. João Moreno, cavaleiro régio, testó en 1536 con un esclavo goanés. Francisco de Espínola, fidalgo de la Orden de Santiago, muerto en 1542, tenía una casa torreada en Santa Cruz —la única documentada en toda la isla— con múltiples esclavos. Diogo Martins, llegado de Portugal en un navio de mercancías, acumuló un patrimonio de hasta 2.470.000 réis y tenía seis esclavos, incluyendo un mulatito llamado João. En una isla de tres mil personas, los propietarios principales tenían esclavos africanos, goaneses y mulatos. La aristocracia de la roca incluía propiedad humana.

La isla tenía una aristocracia, pero era una aristocracia de la roca. Antonio do Conde Pereira fue confirmado como heredero del morgado de Graciosa el 4 de diciembre de 1724, con carta régia de D. Pedro II fechada el 1 de abril de 1689. Un morgado en una isla de sesenta kilómetros cuadrados. Un título nobiliario donde las cabras pastaban entre las piedras y el trigo crecía a fuerza de voluntad. La nobleza azoriana era eso: blasones sobre roca volcánica, escudos de armas en casas de paja, fidalgos que conocían el nombre de cada vaca porque no tenían más de diez.

En la parroquia de Nossa Senhora da Luz, en el lugar do Sul, todo pasaba en unos pocos caminhos: da Landa, de Lima, do Sul, do Mato, das Pedras Brancas. Cuatrocientas, quinientas personas. Todos se conocían. Todos se casaban entre sí. Cuando había que pedir dispensa por consanguinidad en cuarto grado, la pedían —y se casaban igual—. El vigário los casaba, los bautizaba, los enterraba, y después anotaba todo en un libro encuadernado en cuero que olía a incienso y a sal. Pedro Espínola da Veiga casó con Leonor Vaz Sodré; su segunda esposa fue hermana de Gaspar de Paes. Un solo matrimonio conectaba tres de las familias fundadoras de la isla. Así funcionaba Graciosa: un tejido tan apretado que cada boda era un nudo donde confluían todos los hilos.

Manoel do Conde de Betancor vivió en el caminho da Landa con su esposa Ana Machado. Su nombre contiene una historia: «do Conde» no era título sino topónimo. El 8 de agosto de 1492, el mismo mes en que Colón zarpaba de Palos hacia América, se firmó en Graciosa el documento de demarcación de tierras más antiguo de todo el archipiélago de las Azores: las tierras de Diogo da Silva, primo de Nuno da Silva, morador de la isla. Cuatro años después, el rey D. Manuel I otorgó a Diogo da Silva el título de Conde de Portalegre. Sus tierras pasaron a llamarse Terra do Conde. Diogo da Silva estaba casado con Maria de Ayala, hija de Garcia de Herrera, señor de Lanzarote, Fuerteventura y Gomera en las Canarias: los mismos Ayala y Herrera que aparecen en la rama Ornelas por la esposa de Álvaro «O Grande». Los que vivían en esas tierras tomaron el nombre. En los libros parroquiales de Luz, Manoel aparece como testigo y firmante en al menos diez matrimonios entre 1702 y 1709. Su firma es autógrafa —sabía escribir—. En una comunidad donde la mayoría de los vecinos ponía una cruz en lugar de su nombre, saber escribir era un acto de distinción que no necesitaba ser dicho. Su hijo João, su otro hijo Domingos y él mismo firmaban al pie de las mismas actas, tres generaciones de una misma casa validando los matrimonios de sus vecinos.

El 18 de junio de 1695, João do Conde Paes casó con Maria Novaes de Eiró. Ella era hija de Manuel de Ornelas da Câmara y Catarina Novaes de Eiró, del caminho de Lima. Con ese matrimonio, la sangre de los Ornelas —la cadena que venía del abad de Alcobaça, del cavaleiro de Aljubarrota, del explorador muerto de flechas envenenadas en la costa de África, del sobrino de Zarco— entró al clan do Conde. Lo que los elevó no fue el título. Fue la mujer.

En 1697 nació una niña que llevó el nombre compuesto de las dos líneas: Maria Paes Novaes. «Paes» del padre. «Novaes» de la madre. Esa niña vivió noventa y cinco años, casó con João Martins de Ávila, y tuvo hijos. El mayor fue Antonio. Y Antonio tomó el apellido de ella, no el del padre. Esa decisión fundó la línea. Todo lo que vino después lleva el nombre que puso una mujer en una isla del Atlántico a principios del siglo XVIII.

Antonio Paes Martin casó con María de Jesús de Ávila el 22 de junio de 1738 en la parroquia de Guadalupe, Santa Cruz da Graciosa. No en Luz, donde había nacido. Un terremoto el 13 de junio de 1730 había destruido la parroquia de Luz. El acta tiene casi trescientos años. El papel es amarillento y está roto en los bordes, como si el tiempo le hubiera mordido las esquinas. La tinta ha virado a un ocre que se confunde con el pergamino. La caligrafía es una cursiva portuguesa del siglo XVIII que parece un idioma dentro de otro idioma. Pero los nombres están ahí. Consigna los padres del novio: João Martins, já defunto, y Maria Paes Novais. La mujer que fundó el apellido, nombrada en un papel que se deshace.

Capítulo IV

El cruce

A mediados del siglo XVIII la Corona portuguesa tomó una decisión que iba a redefinir la geografía del sur de América. Temía perder el sur de Brasil frente a la expansión española. La frontera entre los dos imperios ibéricos en Sudamérica era una zona de nadie donde gauchos, contrabandistas, desertores y misioneros se movían sin ley. La solución fue enviar colonos: familias enteras, con sus animales, sus herramientas y lo que cupiera en un barco, a poblar las costas de Santa Catarina y Rio Grande do Sul. Entre 1748 y 1756, más de seis mil isleños azorianos cruzaron el Atlántico. Santa Catarina recibió 4.612 personas en 1748, 1.666 en 1749, 860 en 1750. Otros tantos fueron a Rio Grande. Eran familias campesinas que buscaban una vida mejor que la que la roca volcánica les daba. Dejaban atrás el trigo, el vino, el pastel, las casas de paja, los ataques de corsarios y el aislamiento de islas donde el horizonte terminaba en el mar por todos lados. Se subían a barcos que tardaban semanas en llegar a un continente que no habían visto nunca. Los que sobrevivían a la travesía llegaban a una costa selvática que no se parecía en nada a las islas que habían dejado: en lugar del viento frío del Atlántico Norte, el calor húmedo del trópico sur; en lugar de campos de trigo, selvas que había que talar a machete.

La ruta · seiscientos cuarenta años, de Portugal a Punta del Este

Fue la única colonización de poblamiento del Brasil colonial: en el resto del país llegaban aventureros a buscar riqueza; los azorianos llegaban a buscar tierra donde sembrar.

La familia de Antonio Paes Martin fue parte de esa corriente. En 1748 nació su hijo Manuel en Angra do Heroísmo, isla Terceira —posiblemente mientras la familia hacía escala antes de embarcar—. En 1752 nació otro hijo en Rio Grande do Sul. En 1754 una hija. Antonio murió en suelo brasileño el 7 de septiembre de 1760, a los cuarenta y siete años. Fue enterrado lejos de la isla donde había nacido, lejos de la parroquia de Guadalupe donde se había casado, lejos de los caminhos de Luz donde su madre había vivido hasta los noventa y cinco años. No llegó a pisar la Banda Oriental.

Los hijos de João do Conde Paes se repartieron entre Santa Catarina y Rio Grande do Sul. Manoel do Nascimento de Bitancurt casó en Florianópolis en 1769. José Antônio de Bitancurt nació en Biguaçu. La familia se partió en dos: una rama se quedó en Brasil, la otra cruzó a la Banda Oriental. En 2014, el compilador compró una combi vieja, le montó una estructura de hierro en el techo, y salió de Punta del Este hacia Florianópolis. Construyó un hostel en un morro de Praia Mole donde no había nada. Lo construyó con las manos: madera, hierro, piedra. Puso dos banderas en la cima —Uruguay y Brasil— y las vio flamear desde el agua. Después le pusieron un revólver en la boca y perdió todo. Nunca supo que estaba caminando sobre la tierra donde sus antepasados pisaron por primera vez en Sudamérica. Biguaçu está a treinta kilómetros del morro. Los azorianos fundaron Desterro —hoy Florianópolis—, São José, Biguaçu. La misma costa. La misma sangre. Doscientos cincuenta años de diferencia. Y el dueño del morro era un portugués que había llegado por mar. La misma historia, quinientos años después.

Tres años después, su hijo Manuel tenía quince años, era soltero, huérfano, y estaba entre las familias que el General Pedro de Cevallos enviaba desde Rio Grande do Sul a fundar un pueblo en la Banda Oriental.

Cevallos era gobernador de Buenos Aires. Acababa de conquistar Rio Grande en una campaña contra los portugueses. Tomó una decisión estratégica: fundar un asentamiento en la ruta terrestre entre Brasil y Montevideo para frenar cualquier nuevo avance. Eligió la confluencia de los arroyos Maldonado y San Carlos, y envió allí a veinte familias azorianas —voluntarias o apresadas durante la guerra— con sus ganados y enseres. Se hizo la demarcación de plazas, calles, tierras y suertes de estancias según el plano en damero: noventa manzanas en cuadro separadas por calles de a doce varas, circundadas por cuatro avenidas de a veinticinco. Una vez fundada la villa se edificó la capilla —modesta, de barro y paja, sin más ornamento que un crucifijo y la sombra—. El primer contingente llegó el 8 de julio de 1763.

En un oficio a su superior, Cevallos describió a los isleños portugueses como «laboriosos»: apenas llegaron, algunos empezaron a arar las tierras y los demás terminaron de componer sus arados. Los primeros años el lugar se llamó Maldonado Chico o Pueblo de los Isleños. Cevallos le otorgó categoría de Villa Real —lo que significaba que dependía directamente del rey y del virrey, sin atenerse a los cabildos de Maldonado ni de Montevideo— y le puso el nombre del rey Carlos III de España. En una carta dirigida al Comandante de Maldonado, Don Lucas Infante, expresó su deseo para la villa en tres palabras: «Que permanezca y florezca.»

San Carlos fue la primera villa del interior fundada en toda la Banda Oriental. Antes de San Carlos solo existía Montevideo como poblado. Después de Montevideo, fue la segunda población más grande del territorio durante el período colonial. Los fundadores de Graciosa fundaron San Carlos. La misma sangre, cuatrocientos años, dos lados del Atlántico. El compilador desciende de dos fundadores: Vasco Gil Sodré fundó una isla en el siglo XV, Manuel Páez Dávila fundó la primera villa del interior de Uruguay en 1763. Dos fundaciones en la misma sangre. Nadie conectó las dos puntas hasta esta investigación.

La obra de referencia de Brenda Pagola, publicada en 2007 con 697 páginas, documenta a cada uno de los fundadores. Manuel Páez Dávila aparece con la designación P.F. —Poblador Fundador—. La entrada dice: «Aparece su nombre entre el grupo de pobladores solteros que arriban a la Villa en 1763. Era hijo de Antonio Páez y de María de Jesús de Ávila, naturales de isla Graciosa.» Un huérfano de quince años que cruzó solo desde Rio Grande do Sul y ayudó a fundar un pueblo que todavía existe.

Ocho años después, el 19 de agosto de 1771, Manuel casó con Joana Teixeira de Oliveira en la parroquia de San Carlos Borromeo. De ese matrimonio nacieron al menos catorce hijos. En el Libro de Bautismos 1, folio 36v, firmado por el cura Fr. Joseph Fontas hacia 1774, se consigna a Manuel Paez como «natural de la Isla Graciosa» y se nombra a sus padres: «Antonio Páez y María Furtado, ambos de la Isla Graciosa.» De la Isla Graciosa. No eran gallegos. No eran españoles. Venían de una isla portuguesa de sesenta kilómetros cuadrados en el centro del Atlántico. El apellido que la familia pensaba español resultó ser azoriano.

Páez es un patronímico formado sobre Payo, abreviatura de Pelayo. Pelayo viene del latín Pelagius, del griego pélagos: mar abierto, alta mar. El mar sin tierra a la vista. El mar donde solo queda el horizonte y la fe de que existe un otro lado.

Páez significa hijo del hombre del mar.

El escudo del linaje lleva tres ondas de azur sobre campo de plata. Tres ondas. El mar. Una familia que lleva el océano cifrado en el nombre nació en una isla rodeada de agua, bautizó a sus hijos con el rumor del Atlántico en los oídos, cruzó ese océano dos veces —de Graciosa a Brasil, de Brasil a la Banda Oriental—, fundó un pueblo junto a un arroyo en un continente nuevo, y nunca volvió. Eso no es etimología.

Es destino escrito en un patronímico.

Capítulo V

La frontera

En octubre de 1806, ochocientos soldados británicos con dos cañones de tren rodante marcharon desde Maldonado hacia San Carlos. El imperio que dominaba todos los mares del mundo atacaba los confines del Virreinato del Río de la Plata. La villa llevaba cuarenta y tres años. Los hijos y los nietos de los fundadores azorianos la habían levantado desde cero en un llano sin nada, y ahora venían los ingleses a tomarla.

Los británicos desplegaron en la loma de Ortiz, frente a las afueras de San Carlos. La chacra donde se armó la línea de combate pertenecía a Baltasar Ortiz, que también era diezmero en la zona. Los dragones a la derecha, los cañones de la Royal Horse Artillery en el centro con los artilleros de casaca roja preparándolos sobre la hierba mojada del amanecer, la infantería formada en cuadro a la izquierda. Del lado de la defensa, los Voluntarios de Caballería y una columna de milicias de infantería mezclada con pobladores de San Carlos — hombres que una hora antes estaban ordeñando vacas o arando surcos y que ahora sostenían fusiles que algunos apenas sabían cargar —.

El comandante Agustín Abreu Orta, marino español de Tarifa, un hombre que conocía el mar pero había sido mandado a defender la tierra, estaba al frente de cuatrocientos hombres enviados por la corona. Abreu se lanzó a la carga contra los dragones ingleses. Los Vo luntarios de Caballería lograron hacerlos retroceder. Pero Abreu cayó herido de muerte.

Hubo un momento —antes del grito, antes de la caída, antes de que los que estaban cerca supieran que era mortal— en que la batalla se detuvo para un solo hombre. El humo de los cañones, el ruido de los sables, los caballos que piafaban, todo quedó suspendido un instante, y lo único que existió fue el cuerpo de Abreu resbalando de la montura, las manos que ya no podían sostener las riendas, el suelo que lo recibió sin ninguna ceremonia. Lo llevaron del campo. Agonizó lejos de Tarifa, lejos del Estrecho que había cruzado para servir al rey, en un pueblo que no tenía médico.

Sus vísceras fueron enterradas en el cementerio de San Carlos con un epitafio que dice: «Agustín Abreu, 10.XI.1806, comandante, murió a raíz de las heridas que recibió en el combate contra los ingleses en la cuña de esta villa.»

El mismo imperio que atacaba San Carlos estaba en guerra con Napoleón. Un año antes, la flota británica había destruido a la armada franco-española en Trafalgar. Ahora sus soldados estaban en el Plata porque Buenos Aires había caído sin resistencia seria y la corona española, aliada de Francia y enemiga de Inglaterra, no podía defender lo que era suyo. Abreu vino a morir en una loma del este uruguayo por las mismas fuerzas que estaban reconfigurando el mapa de Europa. La historia universal y la historia local se cruzaron en una chacra de Baltasar Ortiz frente a San Carlos.

Los ingleses no entraron a San Carlos. La resistencia fue lo bastante dura como para que desistieran de la ocupación. Se retiraron hacia Maldonado saqueando las chacras a su paso. La batalla de la Loma de Ortiz fue, según el intendente de Maldonado en la inauguración del monumento conmemorativo, una señal para todo el país de que la invasión no podía extenderse a las zonas rurales. El pueblo fundado por las veinte familias azorianas no solo perduró: se defendió.

Los Páez llevaban cuarenta y tres años en San Carlos. No hay lista de combatientes que confirme si algún Páez estuvo en la loma ese día. Pero en una villa de quinientas personas donde todo el mundo se movilizó, la pregunta no es si estuvieron. La pregunta es dónde.

De los catorce hijos de Manuel y Joana, dos se trasladaron de San Carlos a Rocha: Pedro Páez Teixeira y Juan Páez Teixeira. Juan fue bautizado el 8 de julio de 1776 en la parroquia de San Carlos Borromeo. Casó con Josefa Barrios Brañas el 24 de febrero de 1808 en la parroquia de Nuestra Señora de los Remedios de Rocha. El apellido Brañas aparece en el cuadro de diezmos de la zona: José Brañas fue diezmero entre 1804 y 1809. San Carlos tenía quinientas veinticinco personas. Maldonado tenía novecientas noventa y nueve. Eran aldeas. Todos se conocían. Todos se casaban entre sí. El patrón de Graciosa se repetía en el otro lado del Atlántico: una isla sin agua convertida en una costa sin gente, veinte kilómetros de litoral con mil quinientas personas, los mismos clanes controlando todo.

De Juan Páez Teixeira y Josefa Barrios nació Juan Manuel Justo Páez Barrios en 1809. Casó con María Mesa Rodríguez, nacida en 1810. De ese matrimonio nació Celedonia Páez Mesa, hacia 1828, en la ciudad de Rocha.

Celedonia es un nodo. Todo se bifurca y se reúne en ella. Antes de casarse con José Páez —jornalero, nacido en Garzón hacia 1831— tuvo dos hijos naturales: Ángel Leopoldo Páez, nacido hacia 1847, y Ramona Páez, nacida en 1854. Ambos llevaron el apellido de la madre. El padre biológico de Ángel Leopoldo permanece no identificado. José Páez tendría dieciséis años al nacimiento de Ángel Leopoldo, y su acta de defunción no lo lista entre sus hijos. La paternidad biológica permanece abierta. El vacío también es parte de la historia.

Después del matrimonio con José, Celedonia tuvo nueve hijos legítimos documentados. Su hermana natural Ramona casó con Tomás Herrera y tuvo doce hijos. De esos doce, entre cuatro y cinco murieron antes del año. Yldefonso vivió un día. Otros ni alcanzaron a tener nombre antes de morir. Las cifras frías de las actas de defunción del campo rochense del siglo XIX miden una época entera.

Parte de la familia cruzó la frontera hacia Brasil: Agustina Páez, hija legítima de Celedonia y José Páez, emigró a Santa Vitória do Palmar, Rio Grande do Sul, donde murió viuda. La familia Páez del este uruguayo era una familia de frontera. El límite entre Uruguay y Brasil era una línea en un mapa, no un muro en la tierra.

La condición de hijo natural de Ángel Leopoldo quedó fijada en su acta de defunción —Registro Civil de San Carlos, N.º 123, 12 de octubre de 1936—: «Hijo natural de doña Celedonia Páez, oriental, fallecida. Abuelos: se ignoran.» Los padres de Celedonia habían sido documentados en su propia acta de defunción treinta y un años antes. Pero los declarantes de 1936 eran vecinos, no familiares.

Lo que no se transmite de boca en boca se pierde.

Ángel Leopoldo murió a los ochenta y nueve años en San Carlos. Tres actas dibujan su vida en tres palabras de oficio: en 1892, jornalero. En 1910, propietario. En 1936, pensionista a la vejez. Hijo natural sin padre conocido, pasó de peón a dueño en el campo del este uruguayo del cambio de siglo. El apellido Páez, otra vez, pasó por la madre. El mismo patrón que doscientos años antes había fundado la línea en Graciosa.

Un patronímico que significa hijo del hombre del mar fundado por una mujer y refundado por otra.

Celedonia Páez Mesa murió el 12 de noviembre de 1905, a la una de la tarde, en Rocha, calle Florida, de nefritis crónica. Acta de defunción N.º 190. Y ahí, en la foja donde un funcionario anotó los datos de una mujer viuda que murió en una casa de la calle Florida, quedó fijada la línea que nadie iba a buscar durante ciento veinte años: «Hija legítima de Juan Manuel Páez y María Mesa, orientales, fallecidos en esta Ciudad.»

Capítulo VI

El capitán y el comandante

Lo que se sabía de la línea materna de Primitivo Rosauro cabía en dos renglones de un formulario: Víctor Gutiérrez, setenta años, propietario, Maldonado. Ángela Mora, cincuenta años, Maldonado. Eso decía el acta N.º 37. Nada más. La línea Gutiérrez era el hueco más grande del expediente.

La investigación encontró otra cosa.

En los registros parroquiales de San Carlos apareció el bautismo de Victor Gutierrez Mora, nacido el 20 de junio de 1868, hijo de Víctor Gutiérrez y Angelita Mora. Angelita es Ángela. Los mismos padres que el acta de 1910. Este Víctor era hermano mayor de Domitila —la madre de Primitivo Rosauro—. La partida dio un dato más: los abuelos paternos del bautizado. Domingo Gutiérrez y Juana García.

El acta de defunción de Domingo Gutiérrez en San Carlos consigna: setenta y cinco años, viudo, hacendado, oriental, nacido en esta sección. Y una línea que abrió la generación anterior: «Hijo legítimo de Don Bartolomé Gutiérrez y Doña María Álvarez.»

Bartolomé Gutiérrez. En las crónicas coloniales de San Carlos, figura un Capitán Bartolomé Gutiérrez de Nocla, vinculado al Concejo de la villa. Militar español, con rango. El tatarabuelo materno de Primitivo Rosauro era un capitán español del período colonial.

Pero Bartolomé no estaba solo. En los mismos veinte kilómetros de costa entre San Carlos y Maldonado, en las mismas décadas de fi nes del siglo XVIII, la investigación identificó a otros tres oficiales españoles de apellido Gutiérrez. Y lo que encontró cambia la temperatura de toda la historia.

Ventura Gutiérrez. Nacido en Santander, España. Casó con Ana María Amaral en Maldonado el 20 de noviembre de 1777. Fue Comandante Militar de Maldonado. Fue Alcalde de Primer Voto. Fue diezmero —recaudador del diezmo eclesiástico— en 1801, 1802, 1804 y 1810, año en que recaudó 3.185 pesos, la mayor recaudación del área. Y en 1806, cuando ochocientos soldados británicos desembarcaron en Maldonado, fue Ventura Gutiérrez quien tocó la generala.

La generala es un toque de tambor. No es un redoble cualquiera: es un ritmo específico, rápido, urgente, que todo soldado y todo vecino reconoce porque significa que la amenaza es real y que no hay tiempo. Ventura mandó tocarlo. La campana de la iglesia sonó a rebato. Los vecinos salieron de las casas, de los corrales, de las chacras, con lo que tuvieran: fusiles viejos de chispa, lanzas de asta, cuchillos. Movilizó a todos los que tenía: milicianos, pobladores, los Blandengues con sus caballos. El historiador Dr. Mario Scasso lo confirmó en sesión pública de la Junta Departamental de Maldonado: «Español hasta la médula, manda a buscar hasta a la generala, moviliza a todos los vecinos y al Cuerpo de Blandengues y ellos se enfrentan con los ingleses.» Su hija Polonia casó con Pedro Alegre, un catalán. El hijo de Polonia fue el Coronel Ventura Alegre —héroe de la independencia sudamericana, combatiente en Ayacucho—. Al nieto le pusieron Ventura por el abuelo.

Manuel Gutiérrez Varona. Sargento Mayor del Regimiento de Dragones de Buenos Aires. Comandante Militar en Maldonado en la década de 1790. El 1.º de diciembre de 1798 confeccionó el censo de San Carlos, Maldonado y Rocha. Y un dato que detiene la lectura: Manuel Gutiérrez Varona fue designado como primer instructor del Regimiento de Blandengues de la Frontera de Montevideo.

La sede del regimiento se estableció en el Cuartel de Dragones de Maldonado. El 7 de febrero de 1797, el gobernador de Montevideo convocó a la formación de la unidad, indultando a contrabandistas y desertores que vagaban por la campaña. Debían presentarse con al menos seis caballos y prestar servicio por ocho años. El cuartel estaba lejos de todo: una construcción baja de piedra y teja rodeada de campo abierto, con un patio de armas donde el polvo se levantaba cada vez que pasaba una tropilla. Manuel Gutiérrez Varona mandaba ahí.

El 10 de marzo de 1797, un mes después de la convocatoria, se presentó un hombre joven con seis caballos. Venía del campo. Tenía el cuerpo curtido de los gauchos que habían vivido a la intemperie, y un pasado que en cualquier otro momento lo habría mandado al cepo: contrabandista, cuatrero, prófugo indultado por la corona a cambio de servicio militar. Se llamaba José Gervasio Artigas. Ese día empezó su carrera militar como soldado raso. Su primer instructor fue un Gutiérrez.

Un Gutiérrez de Maldonado le enseñó a Artigas a ser soldado. Le enseñó a formar fila, a cargar el arma, a obedecer la orden y a dar la orden. El contrabandista amnistiado que un día sería el Protector de los Pueblos Libres, el primer jefe de los orientales, el hombre que rechazó coronas y eligió el exilio antes que la sumisión, aprendió el oficio militar bajo la autoridad de un hombre que llevaba el mismo apellido que la madre de Primitivo Rosauro. El contraste entre el instructor de rango y el gaucho amnistiado que una década después cabalgaba al frente de un ejército popular es uno de esos momentos donde la historia se pliega sobre sí misma y deja ver su nervadura.

Y Juan Gutiérrez de la Concha y Mazón. Nacido en Santander, como Ventura. Gobernador de Córdoba del Tucumán. Combatió junto a Liniers en las invasiones inglesas de 1806. Fusilado el 26 de agosto de 1810 por la revolución. Sus hijos fueron el Marqués del Duero y el Marqués de La Habana.

Cuatro Gutiérrez militares españoles en el mismo rincón del Virreinato. Dos confirmados de Santander. Uno entrenó a Artigas. Otro defendió Maldonado de los ingleses y su nieto fue héroe en Ayacucho. Otro gobernó Córdoba. Y el cuarto —el Capitán Barto lomé Gutiérrez de Nocla— es el ancestro directo de Primitivo Rosauro por línea materna.

La conexión de sangre entre Bartolomé y los otros tres no está cerrada por acta. Están en el mismo lugar, en la misma época, con el mismo apellido, con el mismo perfil de militares españoles de rango en la frontera oriental. En una villa de quinientas personas, la probabilidad de que no estuvieran emparentados es baja. Pero la genealogía trabaja con documentos, no con probabilidades. Lo que se puede decir es que el tatarabuelo materno de Primitivo Rosauro fue un capitán español en la misma jurisdicción donde otros Gutiérrez mandaban milicias, defendían costas, entrenaban al futuro prócer de la nación y gobernaban provincias. La red existió. El acta que la cierra está en los registros parroquiales de San Fernando de Maldonado, esperando que alguien la busque.

La cadena materna documentada: Capitán Bartolomé Gutiérrez de Nocla y María Álvarez; su hijo Domingo Gutiérrez, hacendado de San Carlos, y Juana García; su hijo Víctor Gutiérrez, propietario de Maldonado, y Ángela Mora, hija de Antonio Mora y Domitila Pereira; su hija Domitila Gutiérrez —que llevó el nombre de su abuela materna— y Peregrino Páez. Cuatro generaciones. De un capitán español a una mujer de veintitrés años en un campo de Garzón.

Capítulo VII

El campo y la fragua

Ya se dijo: en 1910, propietario. En 1947, jornalero. Pero lo que no se dijo es que entre esos dos documentos no hay ningún papel que explique la caída. No hay escritura de venta, no hay sentencia, no hay acta de quiebra. No hay nada. Hay un antes y un después y un silencio en el medio. La familia perdió la tierra en algún momento de esos treinta y siete años y nadie anotó cómo.

Peregrino y Domitila tuvieron al menos diez hijos en el campo del este uruguayo. Los parieron en la casa del padre, uno detrás de otro, en un campo de la 7.ª Sección de Rocha cerca de Garzón. Peregrino no sabía escribir. Domitila venía de Maldonado, de una familia de propietarios. El abuelo de Primitivo por línea paterna, Ángel Leopoldo, seguía vivo cuando el niño nació —moriría en 1936 en San Carlos, pensionista a la vejez, a los ochenta y nueve años—. La abuela, Macsimina Primitiva, había muerto cuatro años antes de cáncer de hígado, y le habían puesto su nombre al nieto.

Primitivo Rosauro creció en ese mundo: un campo del interior uruguayo a principios del siglo XX, una familia grande, un padre que no sabía firmar, hermanos que nacían cada uno o dos años. En algún momento la familia dejó la tierra y se fue a la cabecera departamental. De propietarios a jornaleros. De diez hijos en el campo a la ciudad y el jornal.

Primitivo se trasladó a San Carlos. Y ahí, en el pueblo que su antepasado de quince años había ayudado a fundar ciento cincuenta años antes, encontró su oficio. Trabajó el hierro en la fragua.

Acta de matrimonio · Primitivo Páez Gutiérrez y Blanca Sosa Reyes
San Carlos · 8 de noviembre de 1945Tocar para ampliar y leer la transcripción

El taller del herrero era un lugar oscuro. Las paredes tiznadas por el hollín del carbón le daban profundidad y sombra, y contra ese fondo negro contrastaba la luminosidad de la fragua, que crecía cuando el fuelle soplaba. El carbón se encendía, el hierro entraba al fuego, y el herrero esperaba. Esperaba a que el metal pasara del negro al rojo cereza, del rojo cereza al rojo naranja, del naranja al amarillo. A mil cien grados el hierro es maleable. Ahí, en ese momento exacto que solo el ojo del herrero reconoce, sacaba la pieza con las tenazas y la ponía sobre el yunque. Y golpeaba. El golpe del martillo sobre el hierro caliente suena como nada más en el mundo —un impacto seco, metálico, que rebota en las paredes del taller y se oye desde la calle—. Cada golpe deforma el metal, lo estira, lo curva, lo aplasta. Después viene el temple: la pieza al rojo se sumerge en agua y el taller se llena de vapor y del silbido del metal que se enfría de golpe.

Benjamín Sosa Machado e Inés Reyes

El herrero fabricaba herraduras, clavos, cerrojos, componentes de carretas, rejas de arado, herramientas agrícolas. Era el oficio más técnico del mundo rural. Requería fuerza, destreza y un conocimiento que no se aprendía en academias: se transmitía de maestro a aprendiz, de padre a hijo, de herrero viejo a herrero joven. Los herreros fabricaban sus propias herramientas. «Todo lo que necesitamos para trabajar —decían— es donde calentar el metal, un lugar donde apoyarlo y algo con que golpearlo.» Era una especie de testimonio de la sociedad rural, del pueblo antiguo, de las costumbres que iban perdiéndose.

Primitivo Rosauro Páez Gutiérrez trabajó el hierro en la fragua de San Carlos. Sin saberlo, trabajaba con el mismo material que sus antepasados de seiscientos cuarenta años atrás. El monasterio de Alcobaça, gobernado por D. João de Ornelas en el siglo XIV, tenía minas de hierro y forjas propias donde los monjes fabricaban herramientas agrícolas, clavos, cerrojos y componentes para los barcos que salían de los puertos del abad. Entre el abad y el herrero, la distancia es de seis siglos y ocho mil kilómetros. El hierro no cambió.

Las manos que lo trabajan sí. De las forjas cistercienses de Alcobaça al yunque de un taller en San Carlos, el metal mantuvo su naturaleza: es duro, necesita fuego para ceder, y solo obedece al que sabe esperar. El abad nunca sostuvo un martillo. El herrero nunca leyó un salmo. Pero los dos conocieron la misma materia, el mismo calor, el mismo olor del hierro cuando el fuego lo vuelve dócil.

Casó con Blanca Esther Sosa Reyes, hija de Benjamín Sosa Machado e Inés Reyes, de San Carlos. Tuvieron dos hijas: Inés y Betty. Después de la fragua trabajó en la Inmobiliaria Gattás de Punta del Este. Habló poco. La memoria familiar no conservó historias de él sino presencia: un hombre cerca, un silencio largo, una vida hecha de trabajo y de pocas palabras. Nadie en la familia supo durante décadas dónde había nacido exactamente, ni cuántos hermanos tenía, ni que un antepasado suyo había fundado San Carlos, ni que su apellido venía de una isla del Atlántico, ni que la sangre de su madre venía de un capitán español de la frontera colonial.

Primitivo tenía metal dentro del cuerpo. Fragmentos reales bajo la piel: hierro, restos de piezas que se habían quedado adentro. Después le pusieron un marcapasos —otro metal más, cerca del corazón —. Había metal en las manos que trabajaban el yunque. Había metal cerca del corazón que lo mantenía vivo. El herrero y el material eran la misma cosa.

El silencio cubrió seiscientos cuarenta años de historia. Cubrió al abad y al espía, al cavaleiro y al fundador, a las cuatro naciones que se casaron entre sí en sesenta kilómetros cuadrados, al huérfano que cruzó un océano y fundó un pueblo, al capitán español y al instructor de Artigas. Lo cubrió todo. El hierro de Alcobaça y el hierro de San Carlos, separados por seis siglos, se encontraron en las manos de un hombre que nunca supo de qué estaba hecho.

De Inés Páez Sosa nació Federico Leandro Rodríguez Páez, el 28 de enero de 1987, en Punta del Este. Creció en La Barra, en la casa del abuelo. Una casa con aljibe, taller, parrillero, jardín. El nieto entraba al taller y metía las manos donde no debía. Nadie lo corregía. Ahí, entre la sombra y el pasto viejo, entre el hierro guardado y las piezas hechas por Primitivo, aprendió sin saberlo el lenguaje del metal: el peso de una pala, los dientes de un rastrillo, el frío de un pedazo de hierro con borde y mugre. Pensaba que jugaba. Primitivo le dio un cuchillo con mango de oro y plata. El nieto tenía nueve o diez años. Lo escondió para que nadie se lo sacara. Después lo perdió en una mudanza, de tanto protegerlo.

Generación diecinueve. Escultor. Trabaja el hierro. Corta la chapa con la amoladora —la chispa salta, tiene una quemadura vieja en la mano—. Suelda dos mangos sin hoja. Dobla una varilla en arco. Corta un círculo de chapa y lo suelda arriba. Suelda a una base la manija de un aljibe. Lima el mango de un cuchillo demasiado grande para la hoja. Sus piezas son monumentales, abstractas, verticales. Su tema es la guerra. Su material es la memoria. Su obra mayor se llama Primitivo.

La línea que empezó con las forjas de hierro de Alcobaça en el siglo XIV, que pasó por las flechas envenenadas de África y la batalla de Aljubarrota, por los corsarios que saquearon Graciosa y los dragones ingleses en la loma de Ortiz, por el instructor que entrenó a Artigas y el capitán español de la frontera, esa línea que cruzó el Atlántico dos veces y fundó un pueblo y trabajó el hierro en una fragua —esa línea no se rompió—. Se transformó. Del hierro de la fragua al hierro de la escultura. De un hombre que trabajaba el metal en silencio a otro que lo trabaja para romper el silencio. El abad gobernó un monasterio con minas de hierro y forjas. El herrero trabajó el hierro en una fragua de pueblo. El nieto trabaja el hierro en un taller y le pone el nombre del abuelo. Seiscientos años. El mismo metal. La misma línea.

En 1910, Peregrino Páez entró al Juzgado de Paz de Garzón a declarar el nacimiento de su hijo y no pudo firmar. El acta lo dice sin ceremonia, en la última línea: manifiesta Don Peregrino Páez no saber escribir y firma por él Don Luis E. Amorín. Un comerciante de veinticuatro años puso su nombre en el lugar donde el padre no podía poner el suyo. Treinta y cinco años después, en San Carlos, ese hijo se casó. El acta de matrimonio del 8 de noviembre de 1945 termina con cuatro firmas. La primera dice: Primitivo Páez Gutiérrez. La escribió él. Entre esas dos actas no hay más que una generación. Un hombre que no pudo escribir su nombre y un hijo que lo escribe. La distancia que este libro recorre hacia atrás son seiscientos años y un océano. La distancia que recorre hacia adelante, la que de verdad importa, son treinta y cinco años y una firma.

Primitivo Rosauro Páez Gutiérrez · ca. 1940
Capítulo VIII

El silencio y la búsqueda

Entre marzo y mayo de 2026, desde Punta del Este, Federico Rodríguez Páez emprendió la reconstrucción documental de la línea de su abuelo materno. Tenía un nombre y la memoria oral de una familia que durante décadas dijo que el abuelo era de San Carlos. Y tenía una suposición: el apellido Páez es común en el Río de la Plata, la mayoría de los Páez vienen de España. Descendientes de gallegos, como tantos.

El trabajo fue artesanal. Cada acta pedía la siguiente. Un nombre en una columna de un registro de defunción abría una rama nueva. Una edad declarada en un matrimonio permitía estimar una fecha de nacimiento y buscar el acta correspondiente en otro archivo, otra sección, otro departamento. Las actas civiles del interior uruguayo de fines del siglo XIX están escritas a mano, con una caligrafía que varía de una foja a otra. Los números se confunden. Las edades declaradas no coinciden —la misma persona tiene cincuenta años en un acta y cincuenta y cinco en otra firmada el mismo año—. Los nombres mutan: Macsimina se vuelve Maximina, Peregrino se vuelve Pelegrino, Páez se vuelve Paes se vuelve Pays. No hay índices universales. No hay buscadores. Hay fojas, una detrás de otra, escritas con tinta que se borra, en libros que se pudren, guardados en archivos que a veces ni saben lo que tienen. Hay que buscar, cruzar, verificar y aceptar que parte de lo que se encuentra no cuadra con lo que se encontró antes. El obstáculo no es la distancia: es el siglo. El tiempo no quiere que lo busquen.

En la primera etapa llegó hasta cuatro generaciones: Primitivo Rosauro, Peregrino, Ángel Leopoldo y Celedonia Páez. De Celedonia no había nada: ni padres, ni fecha de muerte, ni acta de nacimiento. Era el techo. El punto donde la línea se cortaba y el archivo quedaba mudo. Cualquiera habría parado ahí. Un nombre sin fecha, sin padres, sin lugar, es una pared. Federico siguió buscando. Peinó los registros del departamento de Rocha acta por acta, foja por foja, leyó caligrafías de funcionarios que llevaban muertos más de un siglo, descifró trazos donde la tinta se había corrido y los números se confundían con las manchas de humedad, hasta que la tinta de un funcionario de 1905 le dio lo que buscaba: el acta de defunción N.º 190 del Registro Civil de Rocha, 13 de noviembre de 1905. «Hija legítima de Juan Manuel Páez y María Mesa.» El techo no era un techo. Era un documento que nadie había buscado.

Desde Juan Manuel Páez Barrios, el hilo siguió tirando: Juan Páez Teixeira, bautizado en San Carlos en 1776. De ahí a Manuel Páez Dávila, Poblador Fundador. De ahí al Libro de Bautismos 1, folio 36v: «natural de la Isla Graciosa.» No eran gallegos. Venían de una isla portuguesa. Y de ahí, cruzando el Atlántico a través de archivos digitalizados, al acta de casamento de 1738 en la parroquia de Guadalupe. De ahí a los do Conde Paes, a los Ornelas da Câmara, a los Furtado de Mendonça, al consejero del rey, al espía, al abad.

Cada techo que pareció imposible fue roto por el compilador. Cuando la línea llegaba a Celedonia y todos dijeron que no se podía retroceder más, encontró el acta en Rocha. Cuando llegaba a San Carlos y parecía el final, cruzó a los registros de Graciosa. Cuando Manoel do Conde Paes parecía el punto terminal, peinó ciento cuarenta actas matrimoniales en dos horas y media desde Punta del Este, leyendo caligrafías de trescientos años línea por línea, descifrando las ligaduras de los vigários Antonio Lopes Botelho y Gerardo de Sousa Pictão, distinguiendo la d larga de la f cursiva, sepa rando las letras que el siglo XVIII había pegado, hasta que apareció lo que buscaba.

En el folio de la partida de un niño llamado Nicolao, bautizado el 14 de septiembre de 1698, la madrina fue registrada como «Maria Novais f.a familias de Manoel [do Conde] Pays moradora no caminho q vai desta Igreja p.a a Landa.» Al pie del folio, dos firmas: Manoel do Conde Pays y João do Conde Pays.

La firma de Manoel era autógrafa. La mano del antepasado había empuñado la pluma, había mojado la punta en el tintero del vigário, y había trazado su nombre al pie de la foja con la seguridad de un hombre que sabía lo que hacía. No era una cruz. No era un garabato torpe. Era una firma.

Trescientos veintiocho años después de que esa mano escribió su nombre en un libro parroquial de una isla del Atlántico, su descendiente encontró la tinta a ocho mil kilómetros de distancia. La mano que había firmado en 1698 ya era polvo desde hacía siglos. El hombre que la movía ya no tenía ni lápida: los cementerios de Graciosa del siglo XVII fueron arrasados por los terremotos y los siglos. Pero los trazos quedaron. La tinta —esa tinta de óxido de hierro que los vigários de Luz usaban para registrar los nacimientos y las muertes y los matrimonios de cuatrocientas personas que vivían sobre un volcán— sobrevivió a todo: a los terremotos, a los corsarios, a la humedad del Atlántico, a tres siglos de olvido. Y un nieto de un herrero de San Carlos, desde un balneario del Río de la Plata, la encontró.

El nombre había sido leído inicialmente como «Manoel Afonso Paes.» La corrección vino por comparación paleográfica de los trazos: en la cursiva de los vigários de Luz, las ligaduras de «do Conde» y «Affonso» se confunden. La firma autógrafa resolvió la ambigüedad. El antepasado se llamaba Manoel do Conde Paes. Después, una base de datos genealógica brasileña amplió el nombre: Manoel de Conde de Betancor. «Betancor» no era la esposa —era él —. La esposa se llamaba Ana Machado. Federico corrigió la lectura, identificó a la esposa, y conectó la línea con la nobleza fundadora de las Azores.

Y cuando la investigación parecía agotada en la línea paterna, abrió la línea Gutiérrez. En una sola sesión encontró al Capitán Bartolomé, la red de cuatro Gutiérrez militares, el instructor que entrenó a Artigas, y el historiador vivo en su propia ciudad que conoce la genealogía completa.

Y cuando necesitó más, redactó una solicitud formal en portugués dirigida al archivo de Angra do Heroísmo. Tradujo cada línea. Pidió la certidão de bautismo de Antonio Paes Martin y de Maria Paes Novaes. Un nieto de un herrero de San Carlos, desde un balneario del Río de la Plata, escribiéndole a un archivo del otro lado del Atlántico para pedir partidas de personas nacidas hace trescientos años en una isla que nunca pisó. La carta fue escrita en portugués formal, con las fórmulas de cortesía que se usan en los archivos públicos del estado portugués, y el encabezado decía: Exmos. Senhores da Direção Regional da Cultura dos Açores. Un descendiente de la generación diecinueve pidiéndole al archivo que le devolviera lo que el tiempo le había escondido.

El apellido «Paes» —que después cruzó el Atlántico como «Páez»— no viajó por la línea que parecía obvia. Viajó dos veces por línea materna. La primera vez en Graciosa: Maria Paes Novaes le puso su apellido a su hijo Antonio, no el del padre João Martins de Ávila. La segunda vez en Rocha: Celedonia Páez Mesa, madre soltera, le dio su apellido a Ángel Leopoldo Páez. Sin esas dos mujeres, el apellido no existiría en la línea del compilador. La línea entera pende de dos decisiones femeninas separadas por un océano y doscientos años.

La ruta documentada: Alcobaça y Frielas en el Portugal del siglo XIV, donde un abad gobernaba un monasterio con puertos propios y un espía preparaba la conquista del mundo. Porto Santo y Madeira, donde los Ornelas quemaban bosques para abrir campos y el olor de la madera ardiendo le daba nombre a una isla. Las Islas Canarias, donde Álvaro de Ornelas tomó cautivos y murió de flechas envene nadas en una costa que el sol blanqueaba. Graciosa, donde cuatro naciones se casaron entre sí durante doscientos años mientras el azufre subía de la caldera y el viento no paraba, y donde una mujer llamada Maria Paes Novaes decidió que su hijo llevaría su apellido y no el del padre. Angra do Heroísmo, donde nació Manuel en escala hacia un mundo que no conocía. Rio Grande do Sul, donde murió Antonio a los cuarenta y siete años sin llegar a ver la tierra prometida. San Carlos, donde un huérfano de quince años fundó un pueblo que todavía existe y le puso catorce hijos a la historia. Rocha, donde Celedonia transmitió el apellido a un hijo natural y murió de nefritis crónica en una casa de la calle Florida. Garzón, donde Peregrino dictó el nacimiento de Primitivo porque no sabía escribir. San Carlos otra vez, donde el herrero trabajó el hierro y habló poco, y el golpe del martillo sobre el yunque se oía desde la calle. Y Punta del Este, donde el nieto buscó.

Seiscientos años. Cuatro continentes. Diecinueve generaciones documentadas. Dos transmisiones maternas del apellido. Una isla, un océano, una frontera, un pueblo, un campo, una fragua, un silencio, una búsqueda.

Federico Leandro Rodríguez Páez, nacido el 28 de enero de 1987, hijo de Inés Páez Sosa, nieto de Primitivo Rosauro, es la undécima generación de la línea directa que empieza con Maria Paes Novaes en Graciosa. Es la decimonovena si se cuenta desde Afonso Furtado, el espía que preparó Ceuta. El silencio de su abuelo cubría una historia de seiscientos cuarenta años. Ya no.

El compilador es la línea.

Primitivo Rosauro Páez Gutiérrez con su nieto Federico Rodríguez Páez
Nota del compilador

Este texto acompaña el Archivo Maestro Integral del Expediente Genealógico Páez, cerrado al 22 de mayo de 2026 con diecinueve generaciones documentadas. Las fuentes se detallan en el repertorio que sigue. Las inconsistencias y los datos pendientes van dentro de la narrativa porque son parte de la verdad del fondo. Lo que no cierra también es verdad. Las hipótesis están marcadas como tales. Los silencios del archivo están nombrados como lo que son: silencios.

La investigación documental, la recopilación de fuentes, las búsquedas en archivos digitalizados y bibliotecas, las conexiones genealógicas críticas, los descubrimientos, el procesamiento paleográfico del manuscrito de las Genealogias da Graciosa y de los libros parroquiales de Luz, la identificación de firmas autógrafas, la corrección de lecturas previas, la transcripción y la edición del expediente fueron realizados por Federico Rodríguez Páez. La solicitud formal al archivo de Angra do Heroísmo fue redactada por él en portugués.

Punta del Este · mayo de 2026

Segunda parte
Memoria documental

I · Ficha editorial

Tipo de pieza
Memoria documental · edición diplomática.
Estado del fondo
Fondo personal cerrado al 22 de mayo de 2026.
Territorios
Garzón · Rocha · San Carlos · Azores.
Compilador
Federico Rodríguez Páez.
Finalidad
Publicación documental privada · versión final de preservación.
Normas
ISAD-G (2.ª ed., 2000) · ISAAR-CPF (2.ª ed., 2004).

La línea paterna se documentó, por la rama Ornelas da Câmara / Furtado de Mendonça, hasta el Portugal del siglo XIV. La línea materna Gutiérrez se documentó hasta el período colonial de San Carlos.

II · Identidad civil

Nombre
Primitivo Rosauro Páez Gutiérrez.
Nacimiento
30 de agosto de 1910, nueve de la noche.
Lugar
Casa de su padre, 7.ª Sección del Departamento de Rocha.
Filiación
Hijo legítimo de Peregrino Páez y de Domitila Gutiérrez.
Inscripción
6 de septiembre de 1910, Garzón. Acta N.º 37.
Oficial
Ulpiano Machado, Juez de Paz y Oficial del Estado Civil.
Declarante
Peregrino Páez, treinta y un años, oriental, casado, propietario.
Firmante a ruego
Luis E. Amorín, veinticuatro años, comerciante.
Testigos
Celedonio Moreira, propietario; Liberato S. Pereyra, procurador.

III · Acta fundadora

El Registro del Estado Civil del Uruguay fue creado por el Decreto-Ley N.º 1.430 del 12 de febrero de 1879. El acta N.º 37, inscripta en la 7.ª Sección del Departamento de Rocha el 6 de septiembre de 1910, fijó en una sola foja el nacimiento, la filiación legítima, los abuelos paternos y maternos, los oficios, los domicilios, los testigos y la firma a ruego del padre. La pieza se reproduce como lámina en la Parte I y se transcribe en el Apéndice documental.

IV · Hermanos del sujeto

Peregrino Felipe Páez Gutiérrez
Nació en 1909. Casó con Alicia Techera. Falleció el 24 de marzo de 1996 en Maldonado.
Primitivo Rosauro Páez Gutiérrez
Sujeto del fondo. 30 de agosto de 1910, Garzón.
Mauro Bartolo Páez Gutiérrez
Nació en 1912.
Juan Hilario Páez Gutiérrez
Casó con Ecilda Pérez Guelmo, 5 de noviembre de 1942.
Saturnino Alercio Páez Gutiérrez
Nació en 1914.
Lorenza Pabla Páez Gutiérrez
Nació el 10 de agosto de 1919. Casó con Donato Navarro, 27 de marzo de 1947.
Florentino Páez Gutiérrez
Nació en 1920.
Ángel Basilio Páez Gutiérrez
Nació en 1922.
Floro Páez Gutiérrez
Registro nominal conservado.
Carmelo Telesforo Páez Gutiérrez
Falleció en el Hospital Maciel, Montevideo, 24 de abril de 1975. Acta de defunción N.º 402.
Hijos de Peregrino Páez y de Domitila Gutiérrez

Nota crítica. La edad declarada en el acta de defunción de Carmelo (setenta y ocho años en 1975) arroja un nacimiento hacia 1897. Domitila Gutiérrez nació en 1887. La inconsistencia queda registrada como pendiente de verificación.

V · Línea paterna

Filiación
Hijo legítimo de Ángel Leopoldo Páez y de Macsimina Fausta Primitiva García Nieves.
Estado civil
Casado con Domitila Gutiérrez. Oriental.
Profesión 1910
Propietario. En 1947: jornalero.
Alfabetismo
Manifestó no saber escribir.
Deogracia Páez García
1878, Rocha. Casó con Calixto Molina Pérez.
Demetria Primitiva Páez García
22.12.1881. Casó con Natalio Techera. Falleció 1957.
Paulina Reginalda Páez García
1882. Falleció 10.03.1892, diez años.
Eugenio Leopoldo Páez García
1882.
Juliana Basilisa Páez García
28.01.1884. Casó con Pablo María Rodríguez Cal.
Gregorio Urbano Páez
1887.
Peregrino Páez García
Padre del sujeto.
Narcisa Eusebia Páez
29.10.1889. Falleció 1916.
Ángel Leopoldo Páez
Hijo natural de Celedonia Páez Mesa. Acta de defunción N.º 123, San Carlos, 12 de octubre de 1936. Nació hacia 1847. Falleció a los ochenta y nueve años.
Macsimina Fausta Primitiva García Nieves
Hija de Joaquín García Bautista (~1827– 1893) y de Juana Romana Nieves Reyes (1837–1894). Nació 27.11.1858, San Carlos.
Ramona Páez
1854. Hija natural de Celedonia. Casó con Tomás Herrera.
Filiación
Hija legítima de Juan Manuel Páez y de María Mesa.
Nacimiento
Hacia 1828, Rocha.
Defunción
12.11.1905, Rocha, calle Florida. Nefritis crónica. Acta N.º 190.
Padre: Peregrino Páez
Hermanos del padre
Abuelos

Falleció 19.11.1906, Garzón. Neoplasma de hígado.

Nota crítica. El padre biológico de Ángel Leopoldo permanece no identificado. José Páez, esposo de Celedonia, tendría dieciséis años al nacimiento de Ángel Leopoldo. La condición de hijo natural por línea materna se mantiene.

Celedonia Páez Mesa

Nodo de transmisión materna del apellido Páez. Madre natural de Ángel Leopoldo y de Ramona. Ambos llevaron el apellido materno.

Celedonia tuvo dos hijos naturales anteriores a su matrimonio. Casó con José Páez, jornalero, nacido en Garzón hacia 1831. Las actas de defunción de ambos consignan entre siete y ocho hijos legítimos. Un noveno, Perpetuo Tomás, consta solo en su partida de bautismo. Agustina Páez —hija legítima de José y Celedonia, nacida hacia 1866— emigró a Santa Vitória do Palmar, Río Grande do Sul, Brasil. Óbito brasileño N.º 906. Joaquín García Bautista, bisabuelo paterno, ~1827, falleció 20.08.1893, Maldonado. Juana Romana Nieves Reyes, bisabuela, 1837–1894.

VI · Línea materna

Madre
Domitila Gutiérrez. Hija de Víctor Gutiérrez y Ángela Mora. Oriental, veintitrés años en 1910.
Víctor Gutiérrez
Oriental, setenta años en 1910. Propietario. Maldonado.
Ángela Mora
Oriental, cincuenta años en 1910. Maldonado.

VII · Cónyuge y descendencia

Matrimonio
San Carlos, 8 de noviembre de 1945. Acta labrada en el expediente original N.º 78, Oficialía del Estado Civil de la 2.ª sección de Maldonado. Primitivo declara profesión: herrero.
Cónyuge
Blanca Esther Sosa Reyes. Nacida el 1.º de enero de 1924 en «José Ignacio», 5.ª sección. Hija de Benjamín Sosa Machado, comerciante, domiciliado en «Los Ceibos», 1.ª sección, y de Inés Reyes, fallecida antes de noviembre de 1945. San Carlos.
Testigos
Eva Montero de Sosa, 33 años, casada, «Los Ceibos». Ángel Páez, soltero, empleado, Maldonado.
Hija · Inés Páez Sosa
Madre de Federico Leandro Rodríguez Páez. Lleva el nombre de su abuela materna, Inés Reyes.
Hija · Betty Páez Sosa
Madre de Andrés Nieto Páez y de Agustín Nieto Páez.
Nieto · Andrés Nieto Páez
Hijo de Betty Páez Sosa.
Nieto · Agustín Nieto Páez
Hijo de Betty Páez Sosa.
Nieto · Federico Leandro Rodríguez Páez
Nació el 28 de enero de 1987, Punta del Este. Compilador del fondo: investigación, recopilación de fuentes, transcripción crítica y edición.

VIII · Lugares y vida material

La 7.ª Sección del Departamento de Rocha fue la jurisdicción civil del nacimiento. La rama paterna dejó rastro documental en Rocha, Garzón y San Carlos. La línea Páez anterior a Celedonia extiende el corredor hacia San Carlos y, antes de San Carlos, hacia las Islas Azores, Portugal, y el sur del Brasil. Peregrino Páez, Ángel Leopoldo Páez y Víctor Gutiérrez figuraron como propietarios. Peregrino figuró como propietario en 1910 y como jornalero en 1947. El cambio coincide con el traslado de la familia del campo de Garzón a la cabecera departamental de Rocha.

IX · Detalles de textura humana

Firma a ruego. Peregrino Páez manifestó al oficial del Registro no saber escribir. La declaración quedó asentada en el cuerpo del acta: «manifiesta Don Peregrino Páez no saber escribir y firma por él Don Luis E. Amorín».

El nombre. Primitivo Rosauro nació cuatro años después de la muerte de su abuela paterna Macsimina Fausta Primitiva García Nieves. El primer nombre del nieto reprodujo en masculino el nombre de uso de la abuela. El nombre viajó de la difunta al recién nacido como acto de memoria.

Rosauro. El segundo nombre proviene del latín rosa y aurum: rosa de oro. Nació el 30 de agosto, día de Santa Rosa de Lima. No le pusieron Rosa porque era varón; le pusieron Rosauro, la forma masculina más cercana al nombre de la santa.

Apellido por línea materna. Ángel Leopoldo Páez fue hijo natural de Celedonia Páez Mesa. La documentación conservó una rama Páez transmitida por filiación materna.

Mapa social del acta. Celedonio Moreira, propietario; Liberato S. Pereyra, procurador; Luis E. Amorín, comerciante y firmante a ruego.

X · Memoria oral familiar

La memoria familiar conservaba una referencia de nacimiento en San Carlos. La pieza civil fijó el nacimiento en Garzón. El sujeto se trasladó posteriormente a San Carlos y allí formó familia con Blanca Esther Sosa Reyes.

XI · Contexto histórico

Registro Civil. Creado por el Decreto-Ley N.º 1.430 del 12 de febrero de 1879. El nacimiento de Primitivo Rosauro, inscripto en 1910, perteneció a la etapa temprana del registro civil estatal.

Rocha y Maldonado. Departamento de Rocha creado por la Ley N.º 1.474 de 1880. La familia quedó asentada en ambos departamentos.

Azores. Las generaciones azorianas se documentan por registros parroquiales de la Ilha da Graciosa, conservados en el Centro de Conhecimento dos Açores y en la Biblioteca Pública e Arquivo Regional de Angra do Heroísmo (BPARAH). El manuscrito Genealogias da Graciosa (ca. 1700–1733) contiene cincuenta y siete árboles genealógicos de las familias fundadoras de la isla.

XII · El apellido, la línea y la fundación

Manuel Páez Dávila
Poblador Fundador de San Carlos

El apellido Páez es un patronímico gallego-portugués formado sobre el nombre Payo, forma abreviada de Pelayo. Del latín Pelagius, del griego pélagos: mar abierto. Páez significa hijo del hombre del mar. El escudo de armas lleva tres ondas de mar de azur sobre campo de plata.

La rama Páez del sujeto procede de la Ilha da Graciosa, una de las islas más pequeñas del archipiélago de las Azores, rodeada de mar abierto en el centro del Atlántico. Una familia que lleva el mar en el nombre salió de una isla rodeada de agua.

El ancestro más antiguo documentado en los registros parroquiales de la Luz es João Martins de Ávila, de esa freguesia de la Graciosa. Su esposa fue Maria Paes Novaes (ca. 1697–1792). El mayor de sus hijos, Antonio, nacido hacia 1713, llevó el apellido de la madre: Paes. No el del padre.

Primera transmisión materna del apellido Paes. Antonio tomó el apellido de ella. Esa decisión —o esa costumbre, o ese gesto cuya razón no llegó a nosotros — fundó la línea. Todo lo que vino después lleva el apellido que puso una mujer en una isla del Atlántico a principios del siglo XVIII.

Antonio Paes Martin casó con María de Jesús de Ávila el 22 de junio de 1738 en la parroquia de Guadalupe, Santa Cruz da Graciosa. De ese matrimonio nacieron al menos cuatro hijos. El segundo fue Manuel, bautizado en 1748 en Angra do Heroísmo, Terceira. Entre 1748 y 1756 más de seis mil isleños azorianos cruzaron el Atlántico hacia el sur del Brasil. La familia de Antonio fue parte de esa corriente. Antonio murió en Rio Grande el 7 de septiembre de 1760, a los cuarenta y siete años. Fue enterrado en suelo brasileño. No llegó a pisar la Banda Oriental.

Manuel Páez Dávila entra en la historia oriental como huérfano azoriano de quince años, dentro del contingente que fundaría San Carlos.

Cevallos eligió la confluencia de los arroyos Maldonado y San Carlos, y envió allí a veinte familias azorianas con sus animales, sus herramientas y lo que cupiera en una carreta. El primer contingente llegó en julio de 1763. Cevallos expresó su deseo para la villa en tres palabras: Que permanezca y florezca. San Carlos fue la primera villa del interior fundada en toda la Banda Oriental. Después de Montevideo, fue la segunda población más grande del territorio durante el período colonial.

Partida de bautismo · Libro de Bautismos 1, folio 36v · Parroquia San Carlos Borromeo · ca. 1774

Aparece en el registro de familias fundadoras con la designación P.F. —Poblador Fundador—. Hijo de Antonio Páez y de María de Jesús de Ávila, naturales de isla Graciosa. Fuente: Brenda Pagola, «-y Ellos Le Dieron Vida»: San Carlos: Fundadores y Vecinos. El 19 de agosto de 1771, Manuel casó con Joana Teixeira de Oliveira en la parroquia de San Carlos Borromeo. De ese matrimonio nacieron al menos catorce hijos. En 1806, los vecinos de San Carlos resistieron y combatieron en la batalla de la Loma de Ortiz durante las invasiones inglesas. El pueblo no sólo perduró: se defendió. Dos hermanos se trasladaron a Rocha: Pedro y Juan Páez Teixeira. De Juan y Josefa Barrios nació Juan Manuel Justo Páez Barrios (1809), que casó con María Mesa Rodríguez. De ese matrimonio nació Celedonia Páez Mesa en 1828. Ángel Leopoldo llevó el apellido de la madre. El mismo patrón que trescientos años antes, en Graciosa, había fundado la línea. Dos veces el nombre

Páez fue transmitido por línea materna: Maria Paes Novaes en las Azores y Celedonia Páez Mesa en Rocha.

Nota crítica. La partida de bautismo de San Carlos (folio 36v) consigna a la abuela paterna como «María Furtado, de la Isla Graciosa», mientras que el acta azoriana de 1738 dice «María de Jesús de Ávila». Discrepancia pendiente.

Los padres de Maria Paes Novaes

Hija de João do Conde Paes y de Maria Novaes de Eiró, casados el 18 de junio de 1695 en Nossa Senhora da Luz. João fue hijo de Manoel do Conde de Betancor y Ana Machado. El acta de 1736 consignó: «Joam de Conde Paes, filho de Manoel de Conde de Betancor, já defunto e de sua mulher Anna Machada». Testigos: Antonio Correa de Mendonça, Antonio Paes de Conde, Domingos de Conde Paes.

La línea Ornelas da Câmara

Maria Novaes de Eiró fue hija de Manuel de Ornelas da Câmara y Catarina Novaes de Eiró. Manuel fue hijo de António de Ornelas da Câmara (1595– 1657). António fue hijo de Fernão Furtado de Ornellas de Mendonça (1550– 1606). Ornelas da Câmara y Furtado de Mendonça eran la misma familia. Fernão fue hijo de André Furtado de Mendonça (1500–1587), fidalgo con servicio en la India portuguesa, casado con Sodorneza de Ornellas. Sodorneza fue hija de Álvaro de Ornelas da Câmara y de Maria Vaz Sodré, hija de Vasco Gil Sodré, fundador de Graciosa. Vasco Gil Sodré era fidalgo de Montemor-o-Velho, nieto de Brígida Sodré de Bertaforte, casada en Inglaterra con el Conde de Bertaforte. Gaspar Frutuoso, cronista del siglo XVI, escribió que de los hijos de Vasco Gil Sodré se pobló la isla entera: doscientos de doscientos cincuenta hogares descendían de una sola familia. «Pela qual rezão dizem que todos os da Graciosa são fidalgos.» Álvaro fue hijo de D. Catarina de Ornelas Saavedra y de Pedro Álvares da Câmara, sobrino de João Gonçalves Zarco, descubridor de Madeira. Catarina fue hija de Álvaro de Ornelas «O Grande», poblador de Madeira, muerto de flechas envenenadas en una expedición a las Canarias. Álvaro fue hijo de Lopo Esteves de Ornelas, hijo de Pedro Anes de Ornelas, combatiente en Aljubarrota (1385). Pedro Anes fue hermano de D. João de Ornelas (1336–1414), abad de Alcobaça.

Los Furtado de Mendonça

André fue hijo de Fernão Furtado de Mendonça (1438–1510), nacido en Porto Santo, poblador de Graciosa. Fernão fue hijo bastardo de Afonso Furtado de Mendonça (ca. 1412–1475), consejero del rey D. Afonso V de Portugal, con escudo de armas en el Livro do Armeiro-Mor. Su nieta Ana de Mendonça fue amante de D. João II y madre del Duque de Coimbra. Beatriz casó con Bartolomeu Perestrelo, descubridor de Porto Santo; de otra esposa de Perestrelo nació Filipa Moniz, esposa de Cristóbal Colón.

Afonso Furtado de Mendonça fue hijo de Afonso Furtado (ca. 1347–1423), Capitão-Mor do Mar, natural de Frielas. La distancia entre el abad de Alcobaça y un campo de Garzón es de diecinueve generaciones y seiscientos cuarenta años.

Las cinco familias de Luz

En la parroquia de Luz, cinco familias se cruzaron durante doscientos años: do Conde / Paes / Betancor; Ornelas da Câmara / Novaes de Eiró; Vaz Sodré / Novais; Miranda / Varela; Spinola / Ataíde / Espínola. Matrimonios cruzados, padrinazgos compartidos y dispensas por consanguinidad en cuarto grado documentan la endogamia insular.

Livro de Casamentos 1687–1701 · Firmas Novais y do Conde Pays · N.S. da Luz · BPARAH

La línea Gutiérrez

En los registros parroquiales de San Carlos apareció el bautismo de Victor Gutierrez Mora (1868), con abuelos paternos: Domingo Gutiérrez y Juana García. Domingo fue hijo legítimo de Don Bartolomé Gutiérrez y Doña María Álvarez. Bartolomé Gutiérrez de Nocla fue capitán español vinculado al Concejo de San Carlos. En la misma jurisdicción, tres oficiales españoles del mismo apellido: Ventura Gutiérrez, Comandante de Maldonado; Manuel Gutiérrez Varona, primer instructor del Regimiento de Blandengues; y Juan Gutiérrez de la Concha y Mazón, Gobernador de Córdoba del Tucumán.

Capitán Bartolomé Gutiérrez de Nocla y María Álvarez → Domingo Gutiérrez y Juana García → Víctor Gutiérrez y Ángela Mora → Domitila Gutiérrez y Peregrino Páez.

XIII · Cuadro genealógico

Ruta 1 · Portugal → Madeira → Canarias → Graciosa
Gen 1 · Frielas, Lisboa · c. 1347–1423
Afonso Furtado
Capitão-Mor do Mar.
Gen 2 · Portugal · c. 1412–1475
Afonso Furtado de Mendonça
Consejero de D. Afonso V.
Gen 3 · Porto Santo → Graciosa · 1438–1510
Fernão Furtado de Mendonça
Poblador de Graciosa.
Gen 4 · Graciosa · 1500–1587
André Furtado de Mendonça × Sodorneza de Ornellas
Fidalgo · India portuguesa.
Gen 5 · Graciosa · 1550–1606
Fernão Furtado de Ornellas × Maria Gonçalves
Gen 6 · Graciosa · 1595–1657
António de Ornelas da Câmara × Ana Gonçalves
Gen 7 · Luz, Graciosa · c. 1642
Manuel de Ornelas × Catarina Novaes de Eiró
Gen 8 · Luz, Graciosa · 1695
Maria Novaes de Eiró × João do Conde Paes
Casados 18 de junio de 1695.
do Conde · Luz, Graciosa · c. 1660
Manoel do Conde de Betancor × Ana Machado
Fallecido antes de 1736.
Rama Ornelas alta (por Sodorneza)
Álvaro de Ornelas da Câmara × Maria Vaz Sodré · c. 1480
D. Catarina de Ornelas Saavedra × Pedro Álvares da Câmara · c. 1450
Álvaro de Ornelas «O Grande» × Elvira F. de Saavedra · c. 1420
Lopo Esteves de Ornelas · c. 1390
Pedro Anes de Ornelas × Estefânia Barreto · c. 1360
D. João de Ornelas, abad de Alcobaça · 1336–1414
Ruta 2 · Graciosa → Brasil → Banda Oriental → Garzón → Federico
Gen 9 · Graciosa · ca. 1697–1792
Maria Paes Novaes × João Martins de Ávila
Transmisora inicial del apellido Paes.
Gen 10 · Graciosa → Brasil · ca. 1713–1760
Antonio Paes Martin × María de Jesús de Ávila
Casados 22.06.1738, Guadalupe. † 7.09.1760, Rio Grande do Sul.
Gen 11 · Brasil → San Carlos · 1748–1823
Manuel Páez Dávila p.f. × Joana Teixeira de Oliveira
Poblador Fundador 1763. Casado 19.08.1771.
Gen 12 · San Carlos → Rocha · n. 1776
Juan Páez Teixeira × Josefa Barrios Brañas
Bautizado 8.07.1776. Casados 24.02.1808, Remedios de Rocha.
Gen 13 · Rocha · n. 1809
Juan Manuel Justo Páez Barrios × María Mesa Rodríguez
Gen 14 · Rocha · ca. 1828–1905
Celedonia Páez Mesa × José Páez
Transmisión materna del apellido.
Gen 15 · Rocha / San Carlos · ca. 1847–1936
Ángel Leopoldo Páez × Macsimina García Nieves
Hijo natural de Celedonia.
Gen 16 · Rocha · ca. 1879
Peregrino Páez García × Domitila Gutiérrez
Propietario en 1910, jornalero en 1947.
Gen 17 · Garzón · 30.08.1910
Primitivo Rosauro Páez Gutiérrez × Blanca Esther Sosa Reyes
Sujeto del fondo.
Gen 18 · San Carlos
Inés Páez Sosa
Madre del compilador.
Gen 19 · Punta del Este · 28.01.1987
Federico Leandro Rodríguez Páez
Compilador del fondo. La línea viva.
Rama materna Gutiérrez
Capitán Bartolomé Gutiérrez de Nocla × María Álvarez · San Carlos
Domingo Gutiérrez × Juana García · San Carlos
Víctor Gutiérrez × Ángela Mora · Maldonado
Domitila Gutiérrez × Peregrino Páez · Rocha
Portugal → Madeira → Canarias → Graciosa → Brasil → San Carlos → Rocha → Garzón → Punta del Este

Diecinueve generaciones · seiscientos cuarenta años. De Afonso Furtado (gen. 1 · 1347) a Federico (gen. 19 · 1987). El cuadro detalla los eslabones documentados de la línea.

XIV · Apéndice documental

Transcripción diplomática del Acta N.º 37. La itálica reproduce las palabras manuscritas por el oficial.

En Garzón, á seis de Septiembre de mil novecientos diez, ante mí Ulpiano Machado, Juez de Paz de la 7.ª Sección del Departamento de Rocha, compareció Don Peregrino Páez, de treinta y un años, de nacionalidad oriental, estado casado, de profesión propietario, y me declaró que el treinta de Agosto, á las nueve de la noche, nació en la casa de su padre una criatura de sexo masculino á la que se le puso el nombre de Primitivo Rosauro, hijo legítimo del declarante y de Doña Domitila Gutiérrez, de veinte y tres años, de profesión quehaceres del hogar. Abuelos paternos: Don Ángel Páez, de setenta años, propietario; y Doña Macsimina Primitiva García, fallecida. Abuelos maternos: Don Víctor Gutiérrez, de setenta años, propietario, en Maldonado; y Doña Ángela Mora, de cincuenta años. Manifiesta Don Peregrino Páez no saber escribir y firma por él Don Luis E. Amorín, comerciante, domiciliado en esta Sección.

Luis E. Amorín · Celedonio Moreira · Liberato S. Pereyra · Ulpiano Machado

Ortografía original respetada. Grafía «Macsimina» según el acta.

XV · Repertorio de fuentes

Actas civiles · Uruguay

Acta N.º 37, Primitivo Rosauro Páez Gutiérrez, Rocha, 6.09.1910.

Actas de nacimiento: Peregrino Felipe (1909); Lorenza Pabla (10.08.1919); Agustina Juliana Sosa Páez (28.01.1907); Macsimina García Nieves (27.11.1858).

Actas de matrimonio: Lorenza Pabla y Donato Navarro (27.03.1947); Juan Hilario y Ecilda Pérez Guelmo (5.11.1942).

Actas de defunción: Celedonia Páez Mesa N.º 190 (13.11.1905); José Páez N.º 97 (4.05.1896); Ángel Leopoldo N.º 123 (12.10.1936); Macsimina N.º 7 (26.11.1906); Demetria N.º 246 (6.12.1957); Carmelo Telesforo N.º 402 (25.04.1975); Peregrino Felipe (24.03.1996).

Bautismo Victor Gutierrez Mora, San Carlos, 1868. Defunción Domingo Gutiérrez, San Carlos.

Partidas parroquiales · Uruguay

Libro de Bautismos 1, folio 36v, San Carlos Borromeo, ca. 1774.

Juan Páez Teixeira, San Carlos Borromeo, 8.07.1776.

Perpetuo Tomás Páez, N.S. Remedios de Rocha, 1.10.1877.

Matrimonio Juan Páez Teixeira y Josefa Barrios, 24.02.1808.

Registros parroquiales · Azores

Casamento Antonio Paes Martin y María de Jesús de Ávila, Guadalupe, 22.06.1738. BPARAH.

Livros de Bautismos, Casamentos y Óbitos, N.S. da Luz, siglos XVII–XVIII. BPARAH.

Genealogias da Graciosa, ms. ca. 1700–1733, Mateus Machado Fagundes Azevedo. BPARAH.

Genealogía y heráldica

Forjaz, Jorge; Mendes, António Ornelas. Genealogias da Ilha Terceira. Dislivro Histórica, 2007.

Soares, Eduardo de Campos de Azevedo. Nobiliário da Ilha Terceira, 1944.

Gregório, Rute Dias. Propriedade e proprietários da Graciosa, séculos XV e XVI. Universidade dos Açores.

Instituto Español de Estudios Nobiliarios; García Carraffa, Alberto y Arturo. Diccionario heráldico y genealógico. Escudo de armas del linaje Páez.

Boletim do Museu de Etnografia da Ilha Graciosa, N.º 2 (diciembre de 1987).

Crónicas e historia

Frutuoso, Gaspar. Saudades da Terra, Livro Sexto, ca. 1590.

Chagas, Frei Diogo das. Espelho Cristalino em Jardim de Várias Flores.

Azurara (Zurara), Gomes Eanes de. Crónica da Guiné. Sintra, Diogo Gomes de. Relato sobre la muerte de Álvaro de Ornelas.

Boxer, Charles R. Estudio sobre André Furtado de Mendonça, 1955.

Fajardo Terán, Florencia. Historia de la ciudad de Maldonado.

Pagola, Brenda. «-y Ellos Le Dieron Vida»: San Carlos: Fundadores y Vecinos, 2007. ISBN 9974963850.

Scasso, Mario (Dr.). Actas de la Junta Departamental de Maldonado, 18.05.2010.

Óbito N.º 906, Agustina Paes de Souza, Santa Vitória do Palmar, RS, Brasil.

Marco normativo y memoria

Decreto-Ley N.º 1.430, 12.02.1879. Ley N.º 1.474 de 1880.

ISAD-G (2.ª ed., 2000); ISAAR-CPF (2.ª ed., 2004).

Este fondo reunió la documentación civil, parroquial y archivística sobre Primitivo Rosauro Páez Gutiérrez, su línea ascendente paterna hasta las Islas Azores con diecinueve generaciones documentadas, su línea materna, sus hermanos, su cónyuge, sus hijas y sus nietos, la línea Gutiérrez hasta el período colonial, y las generaciones azorianas hasta el Portugal del siglo XIV por la rama Ornelas da Câmara / Furtado de Mendonça.

La investigación identificó a Manuel Páez Dávila, Poblador Fundador de la Villa de San Carlos en 1763, como ancestro directo del sujeto.

Investigación documental, recopilación de fuentes, transcripción crítica y edición a cargo de

Punta del Este · 22 de mayo de 2026

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El archivo de la sangre
El archivo
72 documentos · tocar para ampliar
La fragua

Páez significa
hijo del hombre del mar.

Diecinueve generaciones y seiscientos cuarenta años de línea documentada, de una isla del Atlántico a un campo de Garzón. La crónica de la sangre y la memoria documental de Primitivo Rosauro Páez Gutiérrez.

Hijo del hombre del mar
Federico Rodríguez Páez
Punta del Este · 2026
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Índice

IEl actaIIEl espía y el abadIIILa islaIVEl cruceVLa fronteraVIEl capitán y el comandanteVIIEl campo y la fraguaVIIIEl silencio y la búsqueda·Nota del compilador·Memoria documental·El archivo
Transcripción